domingo, 5 de agosto de 2012

Antiguo folio en mi cuaderno.

Temporada 2012 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán
Programa 2 
1 de Febrero del 2012

Fue la segunda vez que asistía a un concierto de la Orquesta Sinfónica del estado, antes de entrar al concierto me sentí más emocionada que la primera ocasión. Quizás porque las nuevas experiencias siempre tienen una probabilidad de decepcionarnos del cincuenta por ciento, y las experiencias que ya conocemos, sobre todo cuando nos resultaron exquisitas, nos anticipan las sensaciones que nos provocarán.

Sin embargo, no siempre se siente lo que se piensa. Uno cree que nada nuevo lo impresionará después de haberse "puesto en guardia" antes del evento en cuestión y termina sorprendido y minimizado ante tal magnificencia.

Al inicio del concierto no podía emocionarme más. El sonido se sentía por todas partes. Es maravilloso como dos artes; la música y la arquitectura; se mezclan para poder dar lo mejor de ellas; el teatro Peón Contreras no es la excepción. Y no hablo solo de la composión física del teatro, que hace que el sonido resuene de manera majestuosa, también hablo de los detalles como el fresco del techo que nos hace creer que realmente estamos en un lugar donde no solo habitan mortales.

Dos hombres al frente, una orquesta entera detrás. Por delante el director. Jamás, con temor a sonar exagerada, había pensado que tal potencia podría salir de la guitarra, de tan pequeños instrumentos que parecen inútiles estando solos, pero cuando el hombre los hace suyos se vuelven magníficos. El rasgueo de aquellas guitarras es una cosa que solo pude comparar con la potencia de la voz de una madre a la defensiva. Además la expresión de los artistas al tocar los instrumentos me hacía envidiarles. He entonces que recordé por qué la primera vez que asistí a un concierto de la Orquesta Sinfónica salí con un sentimiento de angustia que se atrevía a opacar mi felicidad.

Su maldita expresión era de éxtasis, de quien no tiene un escenario en otro lugar que no sea allí con lo que ellos llaman música. Pensé: ¿Qué edad tienen?, ¿cuánto llevan tocando?, ¿a qué clase social pertenecen?, ¿tendrán algo más en la vida?. No podía dejar de pensar en cómo la historia del hombre había diferenciado diversos sectores de la población. 

No podía dejar de pensar en cómo hay gente con un talento y (casi) educación innata para el arte...y hay deportistas.
En cómo hay gente con un nombre y un instrumento...y hay políticos.
En cómo hay gente con un pincel y un concepto...y hay estudiantes de medicina.

Todo esto sucedía mientras se tocaba la Danza Bacanal de Saint-Säens, y fue trágico porque entonces, dejé de pensar y volví al teatro. Y la música ya no me parecía salir de allí, tuve que hacer un esfuerzo para hacer entender a mi oído que esa música no salía de unos auriculares o de una bocina. La música estaba allí y no viajaba más que la distancia del escenario a mi asiento. Y cuando pude apropiarme de esa idea la amé.

En todo el concierto mi mente giraba en tono a tres ideas: los músicos, la persona que tenía a mi lado y el por-qué-ya-no-sentía-mi-cuerpo.  Porque de verdad no lo sentía, tenía un yo en el asiento y un yo metafísico. Creo en parte que  mi ingenuidad, mi falta de educación musical y mi oca experiencia fueron causantes de tal resultado. Y no las quiero perder porque algún día cuando sea mayor tendré la oportunidad de recordar esa sensación y me sentiré pequeña.

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